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MIGUEL
ANGEL BLANCO
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BIBLIOTECA
DEL BOSQUE
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ÁRBOL
CAÍDO
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FUNDACIÓN
LÁZARO GALDIANO, MADRID. 20 OCTUBRE 2008 – 5 DE
ENERO 2009
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(PINCHAR
EN LA IMAGEN PARA VER FOTOS DEL MONTAJE Y LOS PROYECTOS)
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HOMENAJE
AL HAYA DEL JARDÍN DE LA FUNDACIÓN, FAGUS
SYLVATICA LAZARUS
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El
haya centenaria del jardín de la Fundación Lázaro
Galdiano va a ser talada. Se trata de un árbol de gran
porte que tiene:
-importancia
botánica en Madrid, pues hay muy pocas hayas en la
ciudad, y menos de esta edad. Se conserva solamente otra de la
misma envergadura en el Jardín Botánico.
-importancia
histórica para la Fundación, pues fue plantado por
José Lázaro Galdiano en un intento de acercar a su
casa los bosques navarros.
-importancia
sentimental para todos aquellos que han tenido un contacto
continuado con el jardín, sean trabajadores o visitantes.
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Visión-fantasma
Desde
el interior del edificio principal de la Fundación, el
haya se ve hoy sobre todo a través del gran ventanal de
la tienda. Quería fijar en él la imagen. Para
ello, he trasladado al vidrio, de forma sutil, esa vista desde
el interior. No el árbol con toda su copa, sino el
fragmento del tronco y de las ramas que se ve ahora desde
aproximadamente el centro de esa estancia.
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Sombra
luminosa
En
el atardecer se empezará a dibujar sobre la fachada del
edificio principal que da al jardín, centrada en el
torreón, la sombra del haya ausente. Para ello se ha
instalado un potente foco con la silueta del árbol. Se ve
no la sombra sino el negativo de la sombra, es decir, una figura
de luz.
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Dos
libros en la Biblioteca del Bosque
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Libro
nº 1049
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LAS
ÚLTIMAS HOJAS DEL HAYA LAZARUS
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31.1.2008
- 300 x 300 x 40 mm
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8
páginas de papel vegetal con estampaciones fotográficas
y papel de fibras con frotaciones de hojas y ramas del haya
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Caja
con cortezas, hojas y ramas caídas del haya centenaria
(Fagus Sylvatica purpurea) del jardín de la Fundación
Lázaro Galdiano, Madrid, sobre tierra y cera
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Libro
nº 1064
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HAYA
INTERIOR
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16.10.2008.
300 x 300 x 55 mm
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10
páginas de papel verjurado, papel vegetal con impresiones
fotográficas y papel hecho a mano de Nepal y México
con frotaciones del tronco del haya de la Fundación
Lázaro Galdiano, perforación de fuego y sangre
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Caja
con cortezas del haya y muestra de su madera interior extraída
con sonda forestal, sobre resina
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Exposición
sobre el poder de los árboles caídos
Selección
de la Biblioteca del Bosque con libros que contienen elementos y
materiales de árboles históricos y legendarios,
heridos o desaparecidos. Constituye una senda a través de
la noche de los árboles antiguos o caídos que he
conocido y he vivido, en la sala de exposiciones del Museo.
Además,
se plantará un haya joven en sustitución de la
antigua.
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CATÁLOGO
EN PDF
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(PINCHAR
EN LA IMAGEN PARA VER CRÍTICAS)
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SELECCIÓN
DE LIBROS EN LA EXPOSICIÓN
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Libro
nº 776
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RASCAFRÍA.
ULMUS MINOR LUX
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31.3.2000
- 420 x 640 x60 mm
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4
páginas de papel reciclado y papel de Nepal con
frotacciones de cortezas de olmo
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Caja
con secciones del tronco de la olma de Rascafría, caída
por el peso de la nieve, y cristal de roca sobre polvo de mármol
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Libro
nº 790
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LA
SALVACIÓN DEL PINAR DEL REY I
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1.12.2000
- 205 x 280 x 32 mm
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6
páginas de papel verjurado y papel de croquis con
frotaciones de anillos de crecimiento y huellas de piñones
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Caja
con 293 piñones de pino piñonero (Pinus pinaster)
del Pinar del Rey, Madrid, y cuenco de hierro sobre carburo de
silicio
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Libro
nº 909
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DRIADAS
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29.3.2004
- 170 x 290 x 30 mm
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6
páginas de papel verjurado y papel vegetal milimetrado
con estampaciones fotográficas
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Caja
con raíces-tea de pino piñonero caído en el
Jardín de El Capricho, Madrid, y 5 gotas de ámbar
de Lituania
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Libro
nº 916
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PICÓN
DE ENCINAS
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26.5.2004
- 295 x 415 x 30 mm
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4
páginas de papel verjurado y papel mexicano de pochote
hecho a mano con quemaduras
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Caja
con picón (encina carbonizada) del Valle de Alcudia sobre
parafina
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Libro
nº 924
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ÁRBOL
DE GERNIKA
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20.7.2004
- 165 x 230 x 32 mm
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6
páginas de papel vegetal rojo y papel pizarra quemado
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Caja
con cinco ramas tronchadas por el viento del roble de Gernika,
cera y carburo de silicio
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Libro
nº 938
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LOS
ROBLES REALES
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28.11.2004
- 300 x 420 x 65 mm
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4
páginas de papel verjurado y papel de Nepal hecho con
fibras de morera, cubierto de serrín de cortezas de pino,
con frotaciones al óleo sobre cortezas de robles y
quemaduras
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Caja
con cortezas de 450 años de antigüedad de la senda
de los Robles Reales en Bialowieza, Polonia, serrín de
cortezas y bellota
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Libro
nº 954
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CÚPULAS
SINFÓNICAS DE ENCINAS
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4.4.2005
- 250 x 250 x 33 mm
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Caja
con 216 cúpulas de encinas de La Ardosa, Valle de
Alcudia, arena del crematorio de Mari Karnika a orillas del
Ganges, Veranesi y tierra de Jaisalmen, desierto del Thar, India
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Libro
nº 965
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PALO
DE TRES COSTILLAS
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15.7.2005
- 185 x 93 x 42 mm
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4
páginas de papel de grabado con gofrados de acículas
y grafito
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Caja
con palo de tres costillas (Serjania mexicana) Museo de
Tepoztlán, exconvento de La Natividad, Morelos, sobre
carbón de silicio, Cuenca
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Libro
nº 971
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SEÑOR
DE BERTIZ
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11.9.2005
- 205 x 285 x 60 mm
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4
páginas de papel vegetal con estampaciones fotográficas
del roble caído y del roble erguido
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Caja
con cortezas y serrín sacadas del hueco interior de un
roble caído en el jardín secreto de Bertiz,
Navarra, y corteza del gran cedro de Bertiz
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Libro
nº 998
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LO
QUE SIENTEN LOS PLÁTANOS DEL PASEO DEL PRADO
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22.5.2006
- 140 x 205 x 32 mm
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6
páginas de papel verjurado, papel de pochote y papel de
fibras vegetales con trazos de grafito y tinta china
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Caja
con escama de corteza contaminada de uno de los plátanos
del Paseo del Prado, Madrid, y vainas papiriformes o caliptras
sobre cera gris
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Libro
nº 1000 TROMBIOSIS
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23.6.2006
- 200 x 285 x 60 mm
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10
páginas de papel vegetal con estampaciones fotográficas
y decoloraciones
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Caja
con nudo de roble antiguo de Quintanar de la Sierra, junto a la
necrópolis de Cuyacabras, Burgos, señal de la
trombosis que sufrí posteriormente en el brazo derecho,
cera roja y sangre
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Libro
nº 1024
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LAS
RAÍCES DE LINNEO
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28.2.2007.
200 x x285 x 62 mm
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8
páginas de papel verjurado y papel vegetal con
estampaciones fotográficas en color
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Caja
con gálbulos y raíces de la arizónica
(Cupressus arizonica) caída la madrugada del 9 de febrero
por el viento en la plaza de Linneo, Madrid, hongos xilógrafos
del almez seco en el Jardín Botánico de Madrid,
fluorita y parafina
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Libro
nº 1027
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ÁRBOL
INTERIOR SAQQARA
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4.4.2007
- 102 x 102 x 28 mm
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4
páginas de papel verjurado y papel vegetal con
estampación fotográfica
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Caja
con tres astillas de una viga de madera que sobresalía
desde el inerior de la cara oeste de la pirámide
escalonada de Saqqara, sobre algodón y arena de Egipto
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Libro
nº 1035
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SICOMORO
SEJEMET
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9.5.2007
- 190 x 290 x 35 mm
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6
páginas de papel verjurado y papel vegetal con
estampaciones forográficas
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Caja
con higos y ramas de sicomoro (Ficus sycomorus) deltemplo de
Karnak, henna, cera y arena del desierto egipcio
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Libro
nº 1047
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CIPRÉS
DE SAN JUAN DE LA CRUZ
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15.11.2007
- 150 x 230 x 33 mm
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8
páginas de papel verjurado, papel hecho a mano con fibras
de musgo y papel vegetal con estampaciones fotográficas
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Caja
con astilla del medio cipres-enebro plantado por San Juan de la
Cruz en Segovia y ramas de su renuevo sobre cera violeta
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ÁRBOLES
DE PODER
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MIGUEL
ÁNGEL BLANCO
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El árbol
es uno de los más firmes ejes de la vida material y
espiritual de numerosas culturas, con una historia inmemorial.
Hoy continúa siendo una gran fuente de conocimiento,
caudalosa para quienes comprenden su valor y sienten su energía.
Mi Biblioteca del Bosque, iniciada en 1985 y compuesta en la
actualidad por 1055 libros-caja, se ha construido en torno a ese
eje ―aunque
haya dado cabida a otras muchas formas orgánicas e
inorgánicas―,
siempre a partir de experiencias personales. La muerte del haya
roja (Fagus sylvatica var. purpurea) en el Jardín Florido
de la Fundación Lázaro Galdiano ha dado pie a esta
exposición que revisa mi relación con individuos
arbóreos de particular relevancia, por su antigüedad,
su carácter legendario, su protagonismo en mi entorno
vital y artístico. Mi devoción hacia ellos. Son
árboles vividos y ensoñados cuya existencia es
inmortalizada en mi Biblioteca y que, juntos, constituyen un
bosque de presencias imponentes. El homenaje, la protección
y la renovación han sido las formas de diálogo con
ellos más frecuentes.
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Los
yacimientos arqueológicos, los museos de historia natural
y las especies prehistóricas que se han perpetuado hasta
hoy dan testimonio de la sabiduría con la que el árbol
ha hecho frente a las adversidades geológicas y
climáticas. Unas especies son más longevas que
otras, pero siempre han existido ejemplares con particular
resistencia al tiempo, venerados por su antigüedad. Cuando
su vida se extingue por causas naturales no nos queda más
que admitir la justicia de los ciclos vitales y admirar el poder
que conserva el árbol caído. Pero el árbol,
más allá de su explotación sostenible para
la obtención de madera, está bajo la amenaza del
ser humano. La excelencia de la naturaleza nos ha dado los
árboles y nuestra obligación es preservarlos. En
vez de ello, vemos cómo grandes extensiones forestales
son mermadas y, a nivel más local, cómo se trata
con desprecio a los árboles en las calles y en los
jardines. Por razones diversas, entre otras las obras de
rehabilitación del palacio y una mala actuación
“paisajística” que cortó parte de sus
raíces secundarias, el haya roja del Jardín
Florido, que tenía más de cien años, se
secó. La consternación del personal de la
Fundación Lázaro Galdiano y de todos aquellos que
conocían y amaban a este magnífico ejemplar fue
muy grande. Se estudiaron las posibilidades de salvarlo y se
concluyó que no eran viables. La Dirección General
de Bellas Artes del Ministerio de Cultura quiso entonces, en
colaboración con la Fundación, encargarme un
proyecto artístico para hacer perdurar de alguna manera
la presencia del árbol. Lo primero que hice fue tener una
audiencia con el haya, que tuvo lugar el 7 de diciembre de 2007,
con el fin de comunicar con su poder, sentirlo e interpretarlo.
También visité el otro haya centenaria existente
en Madrid, que se encuentra, esplendorosa, en el Real Jardín
Botánico. Y realicé una expedición al
Hayedo de Montejo, helado. Tras este cónclave de las
hayas, el código comunicativo que elegimos fue el del
húmedo silencio, el de la levedad y la transparencia. El
proyecto, el renacer del haya, será sombra luminosa y
hielo, luz y cristal escarchado.
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Al igual
que el árbol nunca puede ser percibido desde un único
punto de vista, el memorial del haya debía tener varias
perspectivas, expresadas en diferentes medios, visibles desde
diferentes ubicaciones y con distintas condiciones lumínicas,
diurnas y nocturnas. Son, por tanto, tres intervenciones en el
jardín las que evocan sutilmente la presencia ya
fantasmal del árbol. La primera consiste en la proyección
de la silueta del haya seca sobre el torreón del museo.
Al atardecer se empieza a dibujar sobre la fachada del edificio
que da al jardín, centrada en el torreón, la
sombra luminosa del árbol ausente. Se ha instalado un
potente foco que muestra no la sombra sino el negativo de la
sombra, es decir, una figura de luz. La segunda intervención
ha fijado, a través del grabado al ácido en el
gran ventanal de la tienda, la parte de la imagen del árbol
que se veía desde el interior y a través de él
―aproximadamente
desde el centro de esa estancia―.
Esta forma de trabajo enlaza con la destacada colección
de objetos de vidrio y cristal que atesora el museo. La tercera,
de la que soy sólo promotor y testigo, cierra el ciclo
vital con la plantación de una nueva haya roja traída,
como la que murió, de Navarra, de donde procedía
también Lázaro Galdiano.
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El
proyecto se completa con la realización de dos
libros-caja de la Biblioteca del Bosque con materiales del haya:
uno con sus últimas hojas y otro con su madera interior.
Y con la exposición Árbol caído en
la sala de exposiciones de la Fundación Lázaro
Galdiano, una senda a través de la noche de los árboles
antiguos o caídos que he conocido y he vivido.
Libros-caja que contienen partículas de estos árboles
y sus experiencias. Su viaje al más allá.
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He
querido dividir la exposición en diferentes apartados o
secciones, reuniendo árboles clasificados en distintas
categorías.
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ÁRBOL
DE PIEDRA
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Son
los fascinantes árboles fósiles, caídos y
eternizados por la petrificación. En abril de 2007 se
encontró el árbol más antiguo conocido
hasta la fecha, con 385 millones de años, que vivió
en unas fechas en que aún no habían aparecido
sobre la Tierra ni los dinosaurios ni, por supuesto, el hombre.
Sus únicos compañeros eran los artrópodos.
Es un ejemplar de Wattieza cladoxylopsid del Devónico, un
tipo de helecho arborescente hallado en el condado de Schoharie,
en el estado de Nueva York. Tiene casi nueve metros de altura y,
de manera excepcional, conserva las ramas y las raíces;
se mantenía en pie cuando fue cubierto por sedimentos y
posteriormente se fosilizó. Igualmente impresionantes son
los bosques petrificados del noreste de la provincia de Santa
Cruz, en la Patagonia argentina, más jovenes ―unos
130 millones de años―
y por tanto con árboles más evolucionados, del
tipo de la araucaria. A principios del Cretácico, las
erupciones volcánicas enterraron esos bosques en cenizas,
por lo que algunos troncos quedaron en pie y forman hoy grandes
conjuntos de fósiles.
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En España
tenemos un yacimiento de árboles fósiles en el
entorno del pueblo de Hacinas, en la Sierra de la Demanda, con
la misma antigüedad que los de la Patagonia. En esos
tiempos había en Burgos un caluroso y húmedo clima
tropical que permitió el desarrollo de una espesa selva
en la que crecía una variedad de conífera de la
familia de las podocarpáceas, que podía alcanzar
los 80 metros de altura.
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A lo
largo de los años me he interesado por los xilópalos,
fragmentos de troncos o ramas fósiles que atrapan la edad
infinita de los árboles, y he reunido una pequeña
colección. Los he utilizado en algunos libros, como el nº
312, Astillas de un bosque petrificado en Albacete, o el
nº 779, Tremor en el castaño de El Tiemblo, en
el que incluí dos rodajas de xilópalo procedentes
de Madagascar, con una antigüedad de 80 millones de años,
junto a unas castañas del centenario “El abuelo”.
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ÁRBOLES
MÍSTICOS, LEGENDARIOS Y PROFÉTICOS
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El árbol
es un símbolo universal. Venero de sabiduría,
tiene un papel destacado en ceremonias de muchas culturas y
religiones, y es personaje de numerosas narraciones míticas
y leyendas. Está implicado en diversas cosmogonías,
en historias de fundaciones de ciudades, de revelaciones, de
epopeyas históricas o imaginarias. Árboles que
tuvieron o no una existencia física pero que viven en la
memoria; ejemplos de sorprendente perennidad, por su asociación
a restos arqueológicos o por el cuidado que muchas
generaciones han puesto para hacer vivir los renuevos de esos
árboles venerables.
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Uno de
los más célebres es el pipal o árbol de
Bodhi bajo el que Siddhartha Gautama se convirtió en Buda
tras alcanzar la iluminación, en Bodhgaya, estado de
Bihar, India. En el lugar que ocupó vive un descendiente
suyo con seis de cuyas hojas, reducidas a sus nervaciones,
realicé el libro nº 740, Ficus religiosa, nombre
científico de ese tipo de higuera. La tradición
dice que, después de la iluminación, durante una
semana Buda siguió sentado donde estaba, meditando; la
semana siguiente hizo lo mismo caminando y la tercera la dedicó
a contemplar el pipal. Sobrevivió durante siglos y,
además, tiene numerosos hijos en India y otros países
budistas: es especialmente reverenciado el que florece en el
monasterio Mahavihara de Anuradhapura, en Sri Lanka.
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También
en países desérticos, como Egipto, han desempeñado
los árboles un papel de importancia capital. Hatshepsut
quiso justificar la usurpación que la llevó al
poder y ganarse el favor de los sacerdotes de Amón
ofreciéndoles el olivano, o incienso en resina, sustancia
ritual imprescindible para el culto. Organizó una gran
expedición marítima al Punt para llevar a Egipto
el árbol del incienso (Boswellia sacra), enviando allí
cinco grandes navíos hechos con espléndidos
troncos de cedro del Líbano con mástiles de nueve
metros de altura. Ella consideró este viaje como la
culminación de su reinado, y así lo hizo saber en
los exquisitos relieves de su templo funerario en Deir
el-Bahari, de gran interés etnográfico y botánico.
El templo estuvo rodeado de estanques y jardines, y en el
recinto quedan tocones de los viejos árboles que plantó
la reina. De esos tocones extraje unas astillas conservadas en
el libro nº 1028, El árbol del incienso de
Hatshepsut.
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Los
enclaves religiosos no sólo incluyeron árboles en
los jardines, sino que alcanzaron sus formas arquitectónicas
canónicas a partir de la elaboración de las
construcciones vegetales en las que se realizaron las ceremonias
más ancestrales. Así, en el complejo funerario de
Zoser en Saqqara, el arquitecto Imhotep imitó los tallos
de palmera o de papiro en las columnas nervadas. De la fachada
oriental de la pirámide escalonada sobresalen dos viejos
troncos de madera hacia los que trepé por la piedra
ardiente para obtener tres astillas guardadas en la caja del
libro nº 1027, Árbol interior Saqqara.
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A
Karnak se llevaron los árboles del incienso de
Hatsepshut, pero no son los únicos que crecieron y crecen
en el recinto más sagrado de Egipto. En su extremo
septentrional, fuera del trasiego de visitantes, una de las tres
capillas del templo de Ptah está dedicada a la diosa
Hathor, que habita allí en forma de una de sus
manifestaciones, la leona solar Sekhemet; es una impresionante
estatua de granito negro sumida en la oscuridad e iluminada
cenitalmente por la luz del ocaso de Tebas. A la puerta de ese
templo crece un sicomoro, que fue el árbol asociado a
Hathor: uno de sus títulos era el de “Señora
del sicomoro”. No sería raro que ese árbol,
del que tomé los rezumantes higos y unas ramitas que se
ven el libro nº 1035, Sicomoro
Sejemet,
fuera
descendiente de los que en tiempos faraónicos debieron
rodear la construcción. El sicomoro, por otra parte, fue
una especie muy valorada por los egipcios porque con su madera
se fabricaban los mejores sarcófagos, y confería
así a los muertos vida eterna. El Libro
de los Muertos
lo
expresa así: “He
abrazado el sicomoro y el sicomoro me ha protegido; las puertas
de la Duat me han sido abiertas”. Además, sus
fibras se utilizaron para tejer los cordones de los que colgaban
los amuletos de vivos y muertos.
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La
mística y el árbol se vinculan a menudo. En lo más
alto del monasterio de los Carmelitas Descalzos en Segovia se
yergue el esqueleto del ciprés ―otro
árbol funerario―
que
allí plantó, en el siglo XVI, San Juan de la Cruz.
Fragmentos de su madera seca, recogidos a la luz crepuscular
reflejada por el Eresma, agua encendida, y de los renuevos que
han nacido de sus raíces, se reúnen en el libro nº
1047,
Ciprés
de San Juan de la Cruz. San
Juan plantó otro ciprés, éste vivo, en el
Carmen de los Mártires de Granada, a cuya sombra, dicen,
escribió La
noche oscura del alma. Es
curiosa la indefinición botánica de los árboles
plantados por el santo, pues al de Granada se le ha conocido
tradicionalmente como “el cedro de San Juan” y el de
Segovia, según el vigilante de la capilla alta, sería
un ciprés-enebro (?) de madera incorruptible.
El ciprés
es símbolo de longevidad, y en la China antigua se
consumían sus semillas para dotarse de ella; también
se aseguraba que si se frotaban los talones con su resina, se
podría caminar sobre el mar. El ciprés más
antiguo de la ciudad de Granada, con 600 años de edad y
ya seco, se encuentra en un patio del Generalife al que da
nombre: es el “ciprés de la sultana”,
paradigma de una categoría de árboles que
propician los encuentros furtivos. Bajo éste, dice la
leyenda, la mujer de Boabdil tenía encuentros con un
abencerraje; la venganza del rey contra todos los varones de la
familia del traidor dio nombre a la una de las más bellas
de la Alhambra. El ciprés, según la leyenda, fue
fulminado por un rayo, y es recordado en el libro nº 1052.
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También
van de la mano el árbol y el chamanismo. En el libro nº
392, Raíz del nagual, que
recoge en su caja fragmentos de un anciano nogal abatido por el
viento, se recuerda al espíritu animal, vehículo
de los dioses, que da poder a los chamanes y que, en la
tradición tolteca, es el doble proyectado que cada ser
posee desde su nacimiento, encargado de protegerlo y guiarlo. El
nagualismo dice que los árboles están
más cercanos al hombre que las hormigas. Árboles y
hombres comparten emanaciones. Antiguos videntes desarrollaron
técnicas de brujería para atrapar la conciencia de
los árboles, usándolos como guías para
bajar a los niveles más profundos. El nogal es mi nagual.
En la rama que hay en el libro perforé una forma
trapezoidal similar a las que he visto en representaciones
antiguas de los chamanes mexicanos.
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Conseguí
en la puerta principal del mercado de Sonora, en Ciudad de
México, que está especializado en plantas
curativas y materiales para la magia, unos extraños
fragmentos de madera con vetas oscuras que me vendieron como
“árbol de la víbora”, remedio para
infecciones y hongos. He clasificado el libro que hice con
ellos, el 794, entre los árboles míticos porque no
he conseguido identificar esa especie sanadora o mágica.
Sólo encontré un estudio sobre curanderos de
Veracruz en el que se habla de un “árbol de la
víbora” descrito como Erythrina americana. Por lo
que he sabido, no se corresponde con los fragmentos que tengo.
Involuntariamente, he hecho compartir el misterio con quienes
han visto la reproducción de mi libro en algún
catálogo, y he recibido algunas consultas al respecto que
no he podido contestar.
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En
México, los árboles están en el origen de
fundaciones de ciudades. Tenochtitlán (hoy Ciudad de
México) se ubicó en el entorno señalado por
la legendaria águila que, tras cientos de años de
peregrinar, se posó en la cima de un nopal para devorar a
una serpiente en el año 1325. A ese acontecimiento
dediqué el libro nº 799, La gran Tenochtitlán,
con
fragmentos de raíz de nopal de Zacatecas (no incluido en
la exposición). El nopal no es en propiedad
un árbol, sino una cactácea, ―aunque
los ejemplares añosos pierden sus hojas inferiores y
crecen sobre un tallo leñoso―
y su capacidad de renovación lo convierte en símbolo
de inmortalidad. Sí lo es el gran mesquite (o mezquite,
del nahuatl mizquitl) que crece junto al Templo de Santa
María Magdalena en Tequisquiapán. La historia
revela que bajo él se celebró la misa de fundación
de la ciudad en 1551; pero la población existía
antes, y circula la leyenda, seguramente inspirada en la de la
antigua Ciudad de México, de que otro águila
fundadora se posó en el mesquite en tiempos
prehispánicos; las vainas de sus semillas están en
el libro nº 921, Mesquite, árbol fundador de
Tequisquiapán. Como
el nopal, el mesquite parece eterno pues, aunque se tale, renace
de cualquier pedazo de raíz que haya quedado enterrado.
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Mi vida
ha estado ligada a los árboles, a los que he mirado como
iguales, y en ellos he querido ver mi destino. El libro nº
1.000, Trombiosis, marcó un momento de crisis
milenarista, con un presagio de muerte. En Quintanar de la
Sierra, junto a la necrópolis de Cuyacabras, encontré
un nudo de un roble antiguo tallado con unas hendiduras que
prefiguraban el recorrido alternativo que habría de
buscar la sangre en mi brazo derecho tras sufrir una trombosis.
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TESTIGOS
DE LA HISTORIA
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El
árbol al que más libros-caja he dedicado es el
Pino de las Tres Cruces, que estaba ya en el Valle de
Cuelgamuros cuando Rubens y Velázquez visitaron El
Escorial en 1628; aparecía en una vista de El Escorial
del primero, que se quemó. Fue durante siglos hito
geográfico ―pues
marcaba la linde entre los territorios de San Lorenzo de El
Escorial, Peguerinos y Guadarrama―,
árbol vigía, lugar de leyendas y referente para
caminantes. Los vientos y el paso del tiempo acabaron por
abatirlo en 1991, cuando tenía cerca de quinientos años.
Asistí a su tala, a la plantación de tres pinos
laricios en sustitución y realicé con fragmentos
de su madera varios libros ―actos
simbólicos en defensa del paisaje―,
tres de los cuales fueron adquiridos por los ayuntamientos
citados a instancias de la Agencia de Medioambiente de la
Comunidad de Madrid en el primer acto de homenaje institucional
a un árbol caído recogido en mi Biblioteca del
Bosque, y precedente de este renacimiento del haya roja de la
Fundación Lázaro Galdiano. En la exposición,
el Pino de las Tres Cruces está representado por el libro
nº 438, que contiene un fragmento de su corazón
lígneo.
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Muchos
pueblos tienen su árbol emblemático. El gran
ejemplar que preside la vida cívica o que se asocia al
acontecimiento histórico o religioso que más ha
marcado a la villa. Fueron muchas las plazas presididas por un
gran olmo. La grafiosis, como veremos, acabó con casi
todos, incluyendo al conocido como “olma de Rascafría”,
que finalmente fue derribado en el año 2000 por el peso
de la nieve. En el libro nº 776 evoco la larga lucha del
árbol con la nieve. Tenía, como el Pino de las
Tres Cruces, cerca de cinco siglos de vida, y se cuenta que
servía de refugio al bandolero decimonónico “El
Tuerto Pirón”. No sería difícil
cobijarse dentro de él, pues el proceso que la misma
Agencia de Medio Ambiente eligió para conservar el árbol
muerto ―completando
su ahuecamiento natural y liofilizándolo―
permite ver su dilatado espacio interior.
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Significado
cívico, y político, tiene el árbol de
Guernica, el roble bajo el que el Señor de Vizcaya
primero y los reyes castellanos después juraban respetar
los fueros vizcaínos; hoy, el Lehendakari promete allí
cumplir su cargo. Una misma historia, pero cuatro ejemplares en
una línea sucesoria que arranca del siglo XIV con el
“árbol padre”, que vivió hasta 1742;
en su lugar se plantó el “árbol viejo”,
superviviente hasta 1860 y sustituido a su vez por el “árbol
hijo”, que murió en 2004 y fue reemplazado por uno
de sus retoños. Recogí, antes de que fuera talado,
algunas ramitas tronchadas por el viento, que forman parte del
libro nº 924. El roble de Guernica es testigo del drama de
una población y símbolo del pueblo vasco, es
también ejemplo de respeto a la vida arbórea, y de
colaboración por parte del hombre en la pervivencia de
determinados ejemplares.
Hay
dinastías de árboles de la misma manera que hay
dinastías de hombres. Una idea que recoge la “senda
de los robles reales” de Białowieża, en la
frontera entre Polonia y Bielorrusia. Son robles de cerca de 50
metros de altura apodados con los nombres de los más
celebrados reyes de Polonia y Lituania, que en muy temprana
fecha protegieron la zona como reserva de caza, propiciando su
conservación como la única zona de bosque
atlántico original que se conserva en Europa. Estos
robles son contemporáneos de los monarcas que cazaron
aquí en el siglo XVI, y son los verdaderos reyes del
bosque. El libro nº 938 está hecho con sus cortezas.
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ABATIDOS
POR CAUSAS NATURALES
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He
citado algunos casos de árboles que han sucumbido a las
fuerzas de la naturaleza en la montaña. Pero también
en la ciudad ocurre. El Jardín Botánico de Madrid,
refugio de muchas especies arbóreas de gran valor, ha
debido lamentar la muerte por causa natural de uno de sus
emblemas: el almez llamado “El abuelo”, al que he
homenajeado en el libro nº 454, Almez,
silencio lejano. Además,
unos hongos xilográficos tomados de su corteza aparecen
en otro lamento por un árbol caído, una arizónica
derribada por el viento en la plaza de Linneo de Madrid: el
libro nº
1024, Las raíces
de Linneo.
A medio camino entre la ciudad y el campo está el
bellísimo parque de El Capricho, por el que paseaba Goya,
en el que viven algunos de los pinos más majestuosos de
Madrid. Uno de ellos cayó en 2004, y le dediqué el
libro nº 909, que recuerda a las dríadas o espíritus
de los árboles, cuyas voces se confunden con el murmullo
de las hojas en el viento.
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Son
casos aislados frente a los que adquiere dimensiones
catastróficas el vendaval de viento y nieve que azotó
la sierra del Guadarrama en el invierno de 1996, del 20 al 22 de
enero. El vendaval tronchó, derribó, arrancó
de raíz cientos de miles de pinos. Estudié
entonces las formas derivadas del poder del viento: auras,
signos dibujados por el aire. Emanaciones volátiles o
sonidos liberados de los árboles que capturé en
libros como el nº 648, Ventus
increbescit,
que
formó parte de la exposición El
vendaval libera las auras.
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No sólo
el viento o la nieve son capaces de abatir árboles. La
lenta muerte por estrangulamiento es otra causa de deceso. La
fuerza de las lianas puede apreciarse en el libro nº 965,
Palo de tres costillas,
que
conseguí en el ex-convento de Tepoztlán y que,
como la especie trepadora que lo protagoniza, la cual roba la
vida al árbol, tiene un destino vinculado al hurto.
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SUPERVIVIENTES
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Pero,
a veces, ni las potentes fuerzas naturales pueden con la
tenacidad del árbol que se aferra a la vida, desafiando
al tiempo. Varios lugares del mundo pretenden ser cuna
del árbol de Matusalén. En Dalarna, al noroeste de
Suecia, hay una picea o falso abeto con 9.950 años, que
ha alcanzado tan fabulosa edad porque renueva continuamente su
tronco, clonándose desde la raíz y adaptándose
al clima de cada época. Más viejo aún
podría ser el Lagarostrobos franklinii o pino de Huon que
se ha encontrado en Mount Read, Tasmania, y al que se atribuyen
10.500 años. Es otro caso de inteligencia biológica:
se trata de un grupo de árboles compuesto por machos
genéticamente idénticos y que se ha reproducido de
forma vegetativa. Ninguno de los árboles es tan viejo,
pero juntos conforman un solo organismo que sí tendría
esa edad.
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Aunque el
más sorprendente ejemplo de supervivencia sea quizás
el ginkgo de Hiroshima, que se encontraba en los jardines de un
templo budista a un kilómetro del lugar en el que cayó
la primera bomba atómica. Fue el único árbol
superviviente en la ciudad, y floreció al año
siguiente sin mayores problemas. El Ginkgo biloba es una especie
única, antiquísima, que puede llegar a vivir mil
años. Se considera como un fósil viviente, y si
pudo sobrevivir a la radiación es porque posee una
resistencia a la oxidación adquirida hace muchos millones
de años, cuando la atmósfera era más rica
en oxígeno que en la actualidad.
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La
supervivencia más allá de lo esperable no es
exclusiva de las especies paleontológicas. En cada bosque
antiguo no es raro encontrar a algún anciano que suma
siglos. Casi huecos, aparentemente frágiles, siguen dando
hojas. Entre los que he conocido figuran el roblón de
Estalaya, en Palencia, erguido a pesar de las heridas de los
rayos (libro nº 968) o multitud de castaños
asturianos, cuyos huecos son tratados con fuego para evitar la
descomposición (libro nº 1006). Los castaños
figuran, de otro lado, entre los árboles nutrientes, que
durante siglos alimentaron a los habitantes del norte de España,
y seguramente por eso han sido especialmente cuidados y han
llegado a ser tan viejos.
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TUMBADAS
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Los
árboles nos dan de comer y nos surten de madera. Entre
las muchas cortas que se realizan con el fin de explotar su
madera hay grandes tumbadas de miles de árboles. Casi
nunca somos conscientes de que estamos rodeados de árboles
muertos en forma de muebles, objetos que incluyen aglomerado, o
papeles. En el libro nº 630, Cortezas incensadas,
hice
una ofrenda por todos esos pinos anónimos, sacrificados
como en una gran hecatombe para nuestro aprovechamiento.
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En muchos
lugares, y en diversos momentos de la historia, ese
aprovechamiento adquiere carácter depredatorio. Es
notable el caso del palo de Campeche (Haematoxylon campechianum)
en la península
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del
Yucatán, que fue motivo de un largo enfrentamiento entre
españoles y británicos. Árbol tintóreo
(produce un atractivo negro azulado), era muy demandado por la
industria textil europea, y España quiso monopolizar su
comercio. Pero los piratas que quedaron sin oficio ni beneficio
tras el Tratado de Madrid, en 1667, y se instalaron en la zona
del Caribe descubrieron la rentabilidad de la corta en las zonas
menos vigiladas y se reconvirtieron en piratas taladores, con
sede principal en Belice y con el beneplácito de la
corona inglesa. No hace falta decir que la actividad forestal de
los españoles en América no fue menos dañina
que la de los contrabandistas.
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Se cortan
los bosques también para abrir espacio a diversos
cultivos, o a plantaciones de árboles de rápido
crecimiento como el eucalipto. El mundo se preocupa por la tala
de los bosques amazónicos, pero también
recientemente se ha llamado la atención sobre la
acelerada desaparición de los bosques del valle de
Florentine, en Tasmania, donde los Eucaliptus regnans, que
alcanzan los 90 metros de altura, y los prehistóricos
helechos arborescentes, ambos integrantes del antiguo bosque
austral ya muy diezmado, están siendo arrasados para
plantar eucaliptos genéticamente modificados para la
explotación de la pulpa de madera. Más cerca de
nosotros, en Galicia, los bosques autóctonos hace tiempo
que han sido arrinconados por las plantaciones de eucaliptos
nacidos para morir pronto, y dañinos para los territorios
ajenos al suyo original. A uno de ellos, el Eucalipto marcado
en Boaventura (libro
nº 758), que con seguridad ya no estará vivo, le
contaba mis sueños más vívidos, y dibujé
sobre él un signo protector.
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LA
AMENAZA
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Las
culturas más avanzadas cuidan los árboles porque
aprecian su belleza y valoran su utilidad. Un respeto que se
impone desde antiguo. Tenemos un ejemplo en las penas descritas
en la literatura canónica india a los que atentaban
contra ellos. Se habían de pagar multas elevadas por
cortar árboles junto a los caminos y las fuentes, o por
arrancar hierbas sin motivo. El Kurma Purana señala las
penitencias para purgar la culpa de quienes corten un árbol,
enredadera, matorral o cualquier tipo de planta. En el Agni
Purana se decreta castigo corporal por cortar árboles
umbríos como el baniano o el mango. El Vayu Purana afirma
que la tala masiva de bosques provoca catástrofes
naturales.
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Nos
escandalizan las talas en los bosques, pero deberían
dolernos lo mismo los crímenes contra los árboles
que se cometen en el entono urbano. Frente al Museo de Historia
Natural de Berlín hay un grupo de enormes hayas rojas que
conservan toda su copa. Son paradigma de la actitud de respeto y
admiración hacia los árboles por parte de una
ciudad. Madrid desprecia y mutila todos los árboles con
cortas a traición y podas asesinas. Con ese espíritu
arboricida tan español.
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Uno de
los mayores enemigos de los árboles es la construcción.
Todos conocemos la amenaza que pesa sobre los plátanos
del Paseo del Prado, debido a que el proyecto urbanístico
no había tenido en cuenta que esa masa vegetal debe ser
intocable. Incluí sus cortezas, castigadas por la
contaminación, en el libro nº 998, Lo que sienten
los plátanos del Paseo del Prado. También
en las construcciones a menor escala los primeros en caer son
los árboles, en ocasiones de gran porte. En muchas casas
pequeñas y medianas había, en los patios
interiores, higueras. Una de ellas estaba en la calle Málaga
y, antes de que fuera levantada por las excavadoras, de ella
recogí materiales para hacer unos dibujos y el libro nº
673. En la zona de Pinar del Rey los jardines son sacrificados
para ganar superficie construida y, a unos metros de mi estudio,
el que fue hermoso vivero de Bourguignon, un remanso de frondosa
humedad, se ha vendido a la presión del ladrillo y ha
perdido ―o
perderá debido al daño ocasionado en las raíces―
grandes
ejemplares. Es sólo uno de los miles de
ejemplos de árboles caídos en jardines privados
con consentimiento de las autoridades.
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RITUALES
DE CRECIMIENTO, CONSERVACIÓN Y PROTECCIÓN
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Cuando
un árbol o un bosque de mi entorno, con los que tengo una
relación habitual, está en peligro o ha sufrido
algún percance, actúo mediante sortilegios
plásticos para propiciar su renovación. No son
ritos que tengan lugar en el territorio sino en mis cajas. El
primer ejemplo de esta práctica en mi Biblioteca del
Bosque es el libro nº 228, Cómo provocar
el crecimiento del cedro cortado en Villa Ródenas, en
un jardín de Cercedilla. Transitar por los árboles
a diario crea un vínculo con ellos cuya ruptura produce
sufrimiento. Algún tiempo después, en la misma
puerta de mi estudio serrano cayó un pequeño nogal
para el que oficié un enterramiento en el libro nº
368.
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En
ocasiones, las especies luchan infructuosamente contra
enfermedades y plagas que no son combatidas con la suficiente
energía por las autoridades medioambientales. La
grafiosis, ya mencionada, hizo descender entre un 80 y un 90 %
la población de olmos ibéricos a partir de los
años 80, y los pocos supervivientes son mimados para
retrasar su fin y poder tener un banco genético para su
recuperación. La enfermedad es producida por el hongo
Ceratocystis ulmi, de carácter semiparasitario,
transmitido por un escarabajo conocido como barrenillo del olmo.
El libro nº 251, La leyenda del olmo pez,
contiene
un trozo de madera de un gran olmo, atacado por la
grafiosis, desaparecido junto a la estación de trenes de
Cercedilla.
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Otro
escarabajo, el Cerambyx cerdo o capricornio de las encinas, está
produciendo daños devastadores en los encinares del sur y
del oeste de la Península, muy debilitados por la seca y
las malas podas realizadas tiempo atrás. Es muy difícil
de tratar, pues la larva de gran tamaño vive durante dos
años en el interior de la encina, taladrando y
pulverizando su madera, y haciéndola muy vulnerable a la
sequía creciente y a los vendavales que las tronchan con
enorme facilidad. He conocido de cerca el problema en el Valle
de Alcudia, Ciudad Real, y he hecho varios libros en los que
protejo simbólicamente a las encinas incrustando
fragmentos de cuarzo blanco de Monterrubio de la Serena,
Badajoz, en las galerías devoradas por las larvas (libro
nº 830) o intercalando trozos de selenita transatlántica
entre trozos de corteza (libro nº 995). En el libro nº
954 hay Cúpulas sinfónicas de encinas,
recolectoras de sonidos amenazantes, que navegaron a orillas
del Ganges y se depositaron sobre la arena del crematorio de
Marikarnika, en Veranesi. Este sortilegio musical se relaciona
también con el lenguaje cifrado, secreto, que contiene el
picón de encinas del libro nº 916.
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Hay otras
especies amenazadas. El pino insignis sufre en la cornisa
cantábrica el llamado “cáncer del pino”,
causado por otro hongo, el Fusarium circinatum, procedente de
Estados Unidos. Pero finalmente, el mayor enemigo de los pinos
es el ser humano, y para defenderlos de él trazé
líneas de defensa con azufre en el libro nº 412. De
la misma manera, esparcí esperma de ballena entre las
hayas de Alkiza, Guipúzcoa, para contribuir a su
fertilidad y preservación, en el libro nº 923.
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SALVACIONES
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Hace tres
siglos, en Rajastán, India, Amrita Diva lideró a
más de trescientas mujeres que sacrificaron sus vidas
abrazándose a los árboles para salvarlos de la
corta. Su espíritu vive en los integrantes del movimiento
Chipko (la palabra significa “abrazar”), iniciado en
1972 por dos seguidoras de Gandhi y las mujeres de Gashwal
(Uttar Pradesh) con los mismos fines. También ellas se
abrazan a los árboles para conservarlos.
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El afán
de conservación de la naturaleza se fundamenta en el amor
a los árboles, y ha tenido a lo largo de la historia
grandes campeones. Admiro particularmente a John Muir, que
promovió la protección de Yosemite Valley y otras
áreas, y es uno de los padres del ecologismo. Le recuerdo
en el libro nº 387, Claustro para un nudo de pino rojo,
que contiene un pedazo de Sequoya sempervirens del bosque de
Muir en Mill Valley.
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Es menos
conocido el caso de la protección del bosque de
Fontainebleau por parte de los artistas. La primera causa de su
conservación fue la de su condición de reserva de
caza de propiedad real, inalienable desde el siglo XVI. En 1682,
1720 y 1802 se realizaron plantaciones para hacerlo más
frondoso. Entre 1831 y 1848 se reforestó intensivamente
con pino silvestre, a lo que se oponían los pintores de
la escuela de Barbizon que hicieron del lugar su arcadia. En
1837 consiguieron revocar la corta de los árboles más
antiguos y evitaron los pinos en sus rincones preferidos. Esa
sensibilidad hizo que, ya en 1853, 624 hectáreas de
bosque antiguo fueran protegidas y en 1861 se creó una
Serie Artística de más de mil hectáreas a
través del primer estatuto de protección de la
naturaleza del mundo. El del parque Yellowstone es de 1872.
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También
he de homenajear a Aldo Leopold, ingeniero forestal y precursor
del ecologismo en Estados Unidos, que se dedicó a la
repoblación de pinos en la granja familiar de Shacq.
Murió de un ataque al corazón el 11 de abril de
1948, mientras intentaba apagar un incendio en la granja de un
vecino, que amenazaba sus plantaciones. Su obra cimera es el
Almanaque del Condado Arenoso,
publicado
en 1949 poco después de su muerte, con el que se funda la
ética ecológica como disciplina filosófica.
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Mis
actuaciones en el campo del conservacionismo han sido misiones
salvíficas más sigilosas. El libro nº 523,
Sacrificio, forma parte de una serie sobre la salvación
de la corta de un importante conjunto de pinos en mis bosques
del Valle de la Fuenfría. En el invierno de 1992 se marcó
allí una numeración de corta según el
método tradicional de sacar un trozo de la corteza y
escribir un número en los árboles que serán
talados. Eran 991 pinos en Los Helechos, una zona de bosque
profunda y sombría, casi inalterada. Me propuse salvar
los pinos que por su antigüedad, majestuosidad, formas y
rareza consideré que debían seguir existiendo.
Para ello camuflé el tajo que se da al tronco para
estampar la numeración. Quitaba el número de un
pino de gran fuste o belleza y lo pasaba a otro más
pequeño. Esto descolocaba a los forestales, que no se
decidían a iniciar el trabajo. No estando seguro de la
eficacia de este método, me dirigí al responsable
de la Agencia de Medio Ambiente, Juan Vielva, solicitando la
salvación de doce pinos, que fueron borrados de la lista.
Finalmente, conseguí evitar la totalidad de la corta.
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En
Madrid, algunos
de los que vivimos en el entorno del Pinar del Rey, uno de los
pocos reductos de pinar salvaje en la ciudad, con más de
doscientos años de antigüedad, tuvimos que
manifestar nuestra oposición a su tala parcial para abrir
un apeadero del metro, consiguiendo la paralización del
proyecto. El pinar está situado en el punto más
alto de la ciudad, y se llama así porque por allí
paseaba Alfonso XII (y hasta cazaba Franco). Borré las
marcas rojas que señalaban los pinos a cortar y realicé
diagramas protectores con sus piñones en dos libros; uno
de ellos es el nº 790. Ambos formaron parte
posteriormente de una exposición de arte español
de los noventa en el palacio del Senado. Hablaron allí.
De ese mismo pinar recogí un brinzal que brotaba de un
piñón que se había desprendido de un árbol
cortado y que incluí en la caja del libro nº 1014,
Pinos y susurros, como
testimonio de esperanza en la conservación de este
espacio natural.
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Los
árboles tienen siempre las de perder ante el hombre. Ya
dijo Victor Hugo que produce una enorme tristeza pensar que la
naturaleza habla mientras el género humano no escucha.
Pero hay que confiar en que el cambio de las mentalidades y los
avances científicos nos ayuden a cuidarla cada vez mejor.
En un futuro
quizá
sea habitual la clonación de grandes ejemplares o de
árboles históricos; ya se está haciendo en
Nueva York con un haya europea de cien años que crece en
Cherry Hill, dentro de Central Park. Quién sabe lo que
depara la investigación espacial en materia botánica,
pero ya tenemos “árboles lunares”, crecidos a
partir de semillas que viajaron a la Luna en el Apolo XIV. Tal
vez llevemos semillas de la Tierra a la Luna. En Noruega se ha
creado una cámara global de semillas, cerca de
Longyearby, excavada en el corazón de una montaña
congelada en el Ártico para preservar todos los tipos de
semillas del mundo.
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Miguel de
Unamuno escribió: “Hubo árboles antes de que
hubiera libros, y acaso cuando acaben los libros continúen
los árboles. Y tal vez llegue la humanidad a un grado de
cultura tal que no necesite ya de libros, pero siempre
necesitará de árboles, y entonces abonará
los árboles con libros”.
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Sea cual
sea el futuro, la única conclusión a la que he
llegado es ésta: siento devoción por todos los
árboles pero estoy enamorado de los pinos. Y, además,
siento una especial fascinación por el haya roja.
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Árboles
caídos, árboles siempre vivos.
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DOSSIER
DE PRENSA
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